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Mi primera experiencia cerca de esta peligrosa droga

Tomé mi moto y fui hasta uno de los “puntos rojos” para saber si, a simple vista, podía identificar algún caso. Llegué a Bellavista y, luego de estar unos minutos como un turista cualquiera, vi a un hombre completamente ebrio que era, presuntamente, “ayudado por unos primos”, así que no presté mayor atención. Sin embargo, al revisar las imágenes en mi Laboratorio de Video Control, quedé completamente sorprendido. Retrocedí el video unas 50 veces para mirar, segundo a segundo, lo que estaba ocurriendo frente a mis ojos y que, en vivo y directo, no pude evidenciar. ¿Habrá sido este joven “borracho”, víctima de la droga de sumisión?

Creación del personaje para infiltrarme

Peluca, maquillaje, traje y una trabajada actitud de “Hippie ambulante”, fue la que tuve que adoptar para infiltrarme en el lugar de los hechos, ya que como periodista era imposible. Inmediatamente me sentí cómodo en el personaje. Nada más inofensivo y simpático, te ofrecen cigarros, incluso hasta monedas me daban.

En cuestión de horas, mi caracterización, era parte del paisaje; del colorido y bullicioso barrio Bella Vista.

¡El reencuentro con "Miguel"!

Mi personaje de “Hippie ambulante” me ayudó a convertirme en parte del barrio. Todos me conocían como “el vendedor de cervezas”, así que pasaba desapercibido por las calles de Bellavista. Caminaba, observada y siempre tenía mis alarmas encendidas ante cualquier otro posible caso. Sin embargo, sentí un balde de agua fría cuando me encontré nuevamente con “Miguel”. Un cosquilleo incómodo se generó en mi estómago; no sabía si acercarme porque temía que descubriera que yo era la misma persona a quien hace días intentó drogar.

Respiré profundo y dejé a un lado los miedos para acercarme a quien pudo haber sido mi agresor. La prueba de fuego era esta; estuve frente a él y no sabía si algún error de mi parte, haría que me descubriera.

Me aproximé y le ofrecí chelas a él y a sus amigos, pero sin mirarme, se fueron para “continuar con su trabajo”. Al verlo partir, sentí un gran alivio. Mi personaje superó la prueba. 

¡Entre la espada y la pared!

El caso de Alan y Rodrigo fue particularmente especial. Cuando vi la situación sospechosa aquella noche, me sentía entre la espada y la pared. No sabía, si se trataba de un grupo de amigos. Todo pasó muy rápido y me fue imposible detectar al instante, que eran nuevas víctimas.

Por un momento mi mente quedó en blanco y no sabía qué hacer. Seguía como infiltrado en el bar, muy atento de todo lo que ocurría en el lugar. Hasta que perdí de vista a estos caballeros. Salí, en compañía de mi equipo, para recorrer las afueras de Bellavista; minutos después aparecieron Alan y Rodrigo, pero esta vez, despojados de sus conciencias. 

Inmediatamente, decidimos ayudarlos y acompañarlos a colocar las denuncias pertinentes. Sin duda, ambos formaron parte importante de esta investigación, ya que tuvimos las pruebas audiovisuales necesarias, para que las autoridades hicieran la detención de la banda que operaba en este punto de la ciudad capital con el "Operativo Medusas"

Muy cerca de convertirme en una "marioneta"

Cuando decidí vivir la situación en carne propia, jamás pensé lo difícil que sería. Hice lo que había planificado en mi Laboratorio de Video Control, al pie la letra. Me convertí en un turista más, de clase media alta y que se había pasado de tragos. Portaba en el bolsillo trasero de mi pantalón una abultada billetera. Allí se acercó “Miguel”, quien vio en mi a la "víctima perfecta".

Pero fue él quien cayó en mi juego, al ofrecerme la prueba que necesitaba para determinar la existencia de estas sustancias llamadas “drogas de sumisión química”.

Pasaron 60 minutos y él seguía esperando, se persigno al menos dos veces y al ver que la droga no daba resultado, le agregó una nueva dosis. Él no paraba de mirarme e insistir en que me tomara toda la cerveza. Otros 30 minutos transcurrieron y ya su mirada me quemaba como fuego. Lo que parecía sencillo, se estaba volviendo cada vez más intenso; sabía que tenía que salir de ahí, sin ser descubierto. Me preocupaba que al menos dos hombres más, permanecían a una distancia prudente y no nos quitaban la vista de encima. En todo momento pensaba que, si me alejaba, me seguirían. En un descuido de Miguel, envié un WhatsApp a una compañera del equipo y rápidamente, apareció en un taxi. 

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