«Ema», de Pablo Larraín. La nueva cultura de la violencia.

«Ema», de Pablo Larraín. La nueva cultura de la violencia.

  • Por Matías Andújar

Buscando alguien que no existe /
Nadie sabrá jamás cómo es mi soledad.

No es porque me guste llevar la contra —como suelen decir, por ahí—, pero cuando vi «Fuga», la verdad, es que me gustó. A primeras. 

Gente, amigos, que ven cine, la odiaron y hablaban pestes de este nuevo director.

Yo no soy muy amigo de andar hablando mal artísticamente del trabajo de otros, que tanto cuesta construir, en el medio y en el país. Obviamente, no avalo a patanes disfrazados de artistas.

«Fuga» estaba entre las películas que mencionaba si me hacían escoger cinco chilenas. Sin rubor, ni temor a los demás. Además, Benjamín Vicuña es, o era, un actorazo. Le he perdido el rastro. Por otro lado, no veo comerciales. Pero allá por principios del 2000 tiene sendas actuaciones teatrales en «Hechos consumados», «La Gaviota / El lugar común» o «La mujer gallina». Y en la primera experiencia cinematográfica, oficial, de Pablo Larraín, no fue la excepción. 

Después supe de la aparición de «Tony Manero», una cosa que no me dieron, no me da, ni me darán —toco madera— ganas de verla. Me dan ganas de morir esa estética. Esa música. Ese estilo. Me daba vergüenza ajena ver a Alfredo Castro con esa caracterización. Paso.

2010. «Post mortem». Aplausos. Descubrí que Antonia Zegers de verdad actúa. No lo sabía. Igual, «Post mortem» debe estar en negritas en su CV. Castro ni hablar. Es un engendro injusto para los actores de carne y hueso. Dentro de la cineteca de la DIBAM, está película debiese estar en una bóveda.

Corre muy en el tipo de acantilado que configuran los uruguayos Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella con «25 watts» y «Whisky». La cadencia, la textura, el tono, la rutina, el grito ahogado. Ahora, en Larraín la caída era libre y desnuda, pues es mucho más oscura y pérfida. Pero costaba encontrar buenas películas por ese tiempo que no era precisamente “de la inmediatez”, como lo es hoy.

De ahí vi «El club», y uno se da cuenta que se estaba empezando a formar la “Cía. de Cine Pablo Larraín”, ya que eran los mismos actores que iban y venían como el devenir de las olas. Todo bien. Estamos en todo nuestro derecho de trabajar y crear con quien queramos. Y la película dio un paso desmesurado. Guillermo Calderón y sus rostros difusos, a quién no me cansaré de tirarle flores muertas y vivas, imprimía sus textos en el guión. Te das cuenta, borracho y debajo del agua, que el texto está desarmado entre los tesoros de la película.

No me volvió loco. Excelentes actores, no necesariamente excelentes actuaciones, donde claramente destaca Farías que, aunque mucho le tape el pelo la cara, se huele la humanidad que hay tras el velo del personaje. Se huele como el purgatorio, siempre en llamas. Habita la casa ajena como quien se sienta en su propio baño. 

Caía en la conclusión que las historias de Pablo Larraín nunca son felices, y ahí comulgo con él. Al unísono. Hay que estar atento a cada gesto, cada palabra, cada mirada, para intentar comprenderle.

Hay un llamado a no convertirnos en ellos. En esos personajes que retratan la voluptuosa infelicidad. 

En «Post mortem» creo que no hay un solo trazo de música. Hermoso. En «El club», dentro del poco universo sonoro, se escucha Arvo Pärt, y por ahí se me conquista, caigo enamorado como un imbécil primerizo.

Así, el estilo y las temáticas de Larraín se pasean, se desvian, se vuelven a encarrilar, no hay arriba, no hay abajo, no hay nacimiento, no hay después.

Y hoy en uno de los preestrenos de «Ema» pasó algo especial. Me puso en jaque. Todavía no sé bien qué pensar. Y ese es el mejor síntoma de todos.

Es algo completamente anómalo a su estilo. En mi experiencia. Desde ahí lo veo como un riesgo, y ya que tanto hemos hablado de la función del Arte, con mayúscula inicial, debemos hincarnos ante lo nuevo, el accidente voluntario, el peligro, el cuchillo y la luz, la semilla del hueso y tomarle la satisfacción a los labios partidos.

Contra toda expectativa, «Ema» está plagada de música. Lo que, en mi experiencia, no había visto en sus películas. Incluso habla y pone en cuestión el tema musical. Se adapta, parece, se pone al día con las necesidades de un nuevo público. Hay un amorío con la famosa cultura urbana. Por supuesto nunca desde lo vulgar, como más se le conoce. Nos sumergimos junto a bailarines, bailarinas, al parecer profesionales, pertenecientes a una compañía de danza, donde, peleas, amor y sexo, desintegrarán y planearán la ilusión de la libertad. Una libertad que quiere crujir como un enfermo, como la extracción de sangre, como pilas de diarios mojados, y que, como autosalvación y autocalefacción, nunca desde la paz, los llevará a la calle y a la cama, sin tocar el timbre ni avisar por teléfono.

Los miembros más enajenados de esta compañía son Mariana Di Girolamo y Gael García Bernal. Obvio. Protagónicos. No precisamente protagonistas. Aunque ahora me deja un mejor gustillo Di Girolamo. Quizás he comido muchas mentitas, pero no la dejaría todavía para rostro de retail. Tiene mucho por delante. Haz teatro, Mariana, haz teatro. Envía correspondencia a la otra vida. Las entrañas, el oxígeno que duele. Conviérte en lágrima. El ritual hasta la nada, hasta dejar de conocerte y ser la otra.

A García Bernal lo noto duro en la superficie, pero ya lo latimos. Después de «Amores perros», «Y tu mamá también» o «Rudo y Cursi», el olvido no tiene avance. Es como esos futbolistas que le han entregado tanto a su equipo, que no se les puede reprochar nada. Ni un penal perdido en una final, nada. Pero aquí, en este partido, jugó caminando. Pareciera estar cansado o más relajado.

Mi abrazo admirado y afectuoso —por si lo quisiera aceptar— va para Paola Giannini. Animal, sorprendido en su cueva de luz y sombras, de rostro sin tiempo y sin sueños, que se rebela y revela. Seca.

Vamos al grano. ¿Qué trafica la película? Jóvenes con las manos desocupadas y el corazón también. Que obvio que te amo, obvio que no te amo. Un hombre y una mujer que algún día se quieren y así se van matando el uno al otro. Aprender a deletrear la palabra “mujer”. “Ema” y lo que hay entre cada una de esas tres letras. La maternidad. ¡Cuántos hijos hay tirados! ¡Cuántos corazones agrios! Hay que protegerse el corazón, hay que tener cuidado con las bacterias del amor. Pérdidas hay muchas y encuentros muy pocos. No dejar entrar la soledad a ninguna costa, pero tampoco abrirse a la alegría. Ni amor ni olvido. Llenarse del constante y equilibrado vacío. Que esta es la última vez que te quiero. Todo lo que tengo es amor, pero nunca lo recibiste. Muñecas depresivas, heroicas. No tenerle miedo al cuerpo. Cada uno con lo suyo. Cada uno esconde lo suyo.

Y es que a algunos les gusta mucho mover sus labios.

Larraín. Su nombre y su película no me produjo remordimiento. Las antes mencionadas siguen arriba mío con el peso del mundo. No hay hermosos gestos que cuidar. Tampoco veo fuego por ninguna parte. Es un cuento nuevo con olor a cuento viejo. Como la humedad impregnada en la ropa y en cada pared de una casa con muchas horas de vida.

Le elogio la pérdida en la niebla, la apuesta, sacar la reina apenas comienza la partida, la música de Nicolas Jaar, manso poroto, las coreografías de José Luis Vidal, manso poroto, la fotografía, manso poroto, el pantón de colores, manso poroto. Esperaba poroto en el texto de Calderón y la nueva integración de Alejandro Moreno, y hay algunas consecuencias y vocales espaciosas, pero no hay poroto.

Otro elogio es que apostó por una alternativa a lo que llamamos “Cía. de Cine Pablo Larraín” (Alonso, Noguera, Castro, Vadell, Zegers), ya que se agota el recurso, y al parecer lo entendió. Tremendos actores, todos, que deben abrir y partir el cielo para que caigan nuevas gotas.

Todavía tengo como tres pilas de fichas de varios colores para apostarle a Pablo Larraín. El retorcimiento emocional. La cuestión social. La violencia. La farsa. La violencia y la farsa emocional.

Somos seres humanos. La cagamos todo el rato. Somos el único animal que puede tropezar con la misma piedra mil veces.

Surgirán dudas, surgirán ideas, nuevos textos, nuevas películas. Nuevas formas de representación.

Tenemos los dedos cruzados.

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Zona tres datos:

1.- Sí, Nicolas Jaar es hijo de Alfredo Jaar.
2.- «El club», estrenada el 2015 en el Festival de Cine de Berlín (Berlinale), ganó el Oso de Plata. Gran Premio del Jurado. 
3.- Mariana Di Girolamo aparece en el videoclip de «Las Fuerzas» de Dënver. 

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La fecha de estreno es el 26 de septiembre.  

 

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