A propósito de «Grey´s Anatomy» temporada 15. ¿Quién no quiere sentirse acompañado?

A propósito de «Grey´s Anatomy» temporada 15. ¿Quién no quiere sentirse acompañado?

  • Por Matías Andújar

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A pito del estreno de la decimoquinta temporada de «Grey’s Anatomy», nos da para un montón de consideraciones y apuntes que sentar.

No vamos a analizar el dorso de la trama, sino, lo que podría guardar información útil para la vida cotidiana. No de forma pretenciosa. Pretende solo un acercamiento.

Lo primero que uno se pregunta, y que cabe preguntar, tanto a nivel de mercado, como a modo de simple espectador —sigas la serie o no— es: ¿cuál es el fenómeno que hace que una serie se sostenga por 15 temporadas?

Lo más rápido, real, y obligatorio, es que uno, como persona, como ser, se puede identificar y reflejar en aquellos seres que se ven en la pantalla. Gente comprensible, amable y humana. De ahí el título y la pregunta de esta columna, ¿quién no se quiere sentir acompañado un rato?

Súmale humor, sexo, sangre, la tensión de la muerte y de la sanación, más la dinámica del grupo de amigos. Canciones bien “oreja”, tipo Keane, Interpol, The Cardigans o Sia. Y de otras bandas, quizás menos conocidas para algunos, pero siempre agradables, como Iron & Wine, Postal Service y Roisin Murphy. Súmale también la paleta de personajes “tipo Benetton”, lo que quiere decir, enunciar al rubio, el moreno, el oriental y el colorín. Lo mismo que pasa con «Lost» o «Friends», por ejemplo. Además hay muchos personajes antagónicos, y eso te brinda un abanico de posibilidades. El “pesado”, el “cándido”, la “mandona”. Un lenguaje simple, bajo un mismo marco, pero siempre bajo distintas situaciones, a veces predecibles, otras impredecibles. Un juego que certifica un buen rato. Seguro. Una fórmula infalible.

Lo simple, lo sangriento, lo morbo. ¿Quién no se anota? Quizás disfrutamos el dolor. De ver las vidas que no hemos vivido. Esas vidas que perdimos, porque han sido de todos o de algunos, pero no tuya. Y ya la quisieras para ti. O no quieras ni verla.

Por otro lado, se realiza una cirugía a corazón abierto donde se ponen en cuestión temas delicados, como la donación o no de órganos, que te saquen hasta la piel, la pérdida de un hijo, un tumor o un tatuaje repulsivamente infectado. Son los problemas de la gente. Los tuyos, los míos.

Nos vemos reflejados otra vez. Necesitamos el apoyo. El brazo en el hombro. El hombro brindado para apoyar nuestra cabeza desmoronada.

Bien nos recuerda que la vida es complicada. Que la muerte está a la vuelta de la esquina.

Y humanizan a los doctores, que debiesen estar agradecidos, ya que no saben nada de la vida. Solo saben de la muerte. Suelen hablarte con frases sentenciosas, como si fuesen dueños de la verdad. Con máximas.

Asterisco a favor es que se aprende, a escala, obvio, sobre términos médicos, ya que, si bien, el uso del lenguaje es simple, el empleo de este glosario es inevitable. Fibrilación, foliculitis, agammaglobulinemia, tracoma, otalgia, en fin.

Para finalizar y rematar, al más puro estilo «Sex and the City», cuando concluye cada capítulo, con la cámara sobrevolando la ciudad, se produce la reflexión, la conclusión, acompañada de una canción bien “guinda” y una voz en off.

No siendo un fan de este género, hay que reparar que no se sostiene en la vulgaridad o el chiste fácil, como otras series que han tenido más de diez temporadas, y que es el caso, tanto en el número de temporadas como en el chiste fácil, por ejemplo, de «Casado con hijos». Y eso es un mérito.

No es algo que personalmente recomendaría, pero a mucha parte de la población mundial hay que cantarle las cosas “al pan, pan y al vino, vino”, aunque sea a punta de clichés, porque de lo contrario, no se formulan ni reformulan absolutamente nada. Punto a favor para «Grey’s Anatomy».

Al último, pero no menos importante, es que la serie tiene una de las pocas introducciones que no dan ganas de omitir. La dejo correr feliz. Y claro, es una canción de Psapp. Es que es re incómodo estar buscando el control remoto cada vez que empieza un capítulo.

Preguntémonos, ¿cómo se podría sostener la historia de «Breaking bad» en 15 temporadas?

Imposible. Como una crónica, una narración, cronológica, tiene que tener un fin. En nuestra serie que estamos usando de punto de partida, no es así. Puede seguir hasta el infinito. Aparte de no ser lineal, son varias historias dentro de una, y, técnicamente, cuatro historias paralelas por cada capítulo.

Ya, a ver, ¿a quién no le gusta ver acción, crimen, disparos y garabatos? A mi señora madre. Y una que otra persona por ahí.

Ahí reside el furor de «Breaking bad», de «La casa de papel», «The walking dead». Pensando en estos arquetipos, si bien dentro de todas las tendencias podemos, según percepciones personales o experiencias colectivas, encontrar o entrever un recado, un mensaje, éste, no tiene nada que ver con lo que venimos a buscar al momento de darle play. Es un fenómeno bastante particular que se produce con la diversión en tensión máxima. Es un proceso extremo pero no de hipercomplejidad. Una mezcla entre festín, drama y acción. La postmodernidad una vez más. Claramente, podemos ver esta combinación de tópicos desde «Ben-Hur», pero ahí te arrastraban desnudos hasta la jaula, hoy, la pulcritud está alcanzando límites insospechados gracias a la tecnología.

Se repite el acto violento, porque la primera vez se obtuvo un sonido muy bello.

¿Cuándo vamos a terminar con todo esto? ¿Se debe terminar? ¿Lo harán los niños de hoy? ¿Se acabará la locura de la humanidad? ¿Tiene fin? ¿Qué diría Artaud?

Quizás las series deberían presentar la nueva posibilidad de cumplir una misión desde el lugar que les ha tocado accionar dentro de la sociedad. No necesariamente creando mejores pautas de comportamiento, generando conciencia ecológica, nuevos sistemas educacionales o el cuidado de niños. Sino, hacerlo por oposición. Como lo ha hecho el «Nordic Noir». Un nuevo género policial gestado en los países escandinavos, donde bajo un tono oscuro y sombrío, propio del clima de esa zona, se cometen horribles crímenes y se producen curiosos casos de suspenso y fascinación donde los vestidos blancos se vuelven rojos. Un dificultoso puzzle, juego y dinámica entre el bien y el mal. Donde el término "realidad" solo significa que algo no está en regla. 

Y ahí aprendemos. Algo está cambiando. La herencia de la fructiferación comercial, de manera sorprendente, se fue —se va cada vez más— al terreno de las perspectivas teóricas. «Mindhunter», «Dark», «Mr. Robot», «True detective» o «The Sinner».

Los contenidos descolgados de la realidad pueden servir no según se muestren. Pueden llegarnos según no queramos imitar el modelo. ¿Queremos ser un médico prototipo «Grey’s anatomy», uno de los asesinos de «Trapped» o el detective en «The Killing»? ¿Cuál es nuestra problemática, nuestro paradigma, tiempo, situación o espacio?

Somos solo engranajes, pero vivos. La rueda avanza y también retrocede. Nos posicionamos y luego abandonamos ese lugar. Nos movemos a conveniencia o según el ánimus. Un día queremos helado de piña, al siguiente, sopa de zapallo. Hay quienes quieren todo y al mismo tiempo. Otros no quieren nada.

La dialéctica. La dialéctica negativa. La dialéctica del eterno retorno. En cualquier caso, ¿de qué nos sirve una visión semejante, estática, sobre la sociedad, la familia o la educación? En ese caso, ¿dónde estaría el intercambio? Sería una autoridad vertical. Y lo que es peor, sería como ser niño e ir al jardín infantil y hacer todos los días lo mismo.

El formato de “Serie”, tan en voga, guarda relación, punta y codo, punta y codo, con la repetición. Llega a ser compulsivo. Hay una desesperación por ver el próximo capítulo y una sensación de soledad al acabarse la o las temporadas. Hay un placer en la vida y en la agonía. Medio patológica la cuestión. Así, «Grey’s anatomy», fácil, puede realizar 15 temporadas. Es una necesidad de la audiencia. Y si la audiencia no se manifiesta explícitamente: se le crea la necesidad po, ¿qué tanto? Si es un producto. «The walking dead» se puede estirar hasta nueve temporadas —y se viene la décima. Y los seguidores la siguen viendo, aunque sepan que se van a mudar de lugar y alguien va a morir, y se van a volver a mudar de lugar y alguien va a morir y así, nueve temporadas. Medio patológico, encuentro.

Esto tiene que ver con la modelización social global. Los individuos se envuelven entre ellos deliberadamente. “Si el otro lo hace, yo tambien lo hago”. Una práctica de caracter 100% invasor. O sea, una moda. No hay otra explicación para fenómenos como «Games of thrones» o «Stranger things».

Y volvemos al principio. ¿Quién no quiere sentirse acompañado? Tu serie te está esperando en casa. Ya podrás llegar a ella. Ya podrás comentarla con tu amiga o compañero de trabajo.

No sé.

Una cosa es clara. Necesitamos una cirugía existencial.

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Zona tres datos: 

1.- La serie más vista de la historia es «I love Lucy». La emitió la CBS desde 1951 hasta 1957. Claro, es una cifra que tiene que ver con el contexto histórico. Después, en el ranking, vienen «Los Simpson». Incluso «Family guy» tiene más adeptos que «Friends». Curiosos los "monitos". 
2.- Al director ejecutivo de Netflix, Reed Hastings, se le ocurrió la idea de esta plataforma después que Blockbuster le cobrara US$40 por devolver un VHS atrasado. 1997.  
3.- Todos, y cada uno de los episodios de «Grey's anatomy», tienen por título el de una canción, de diferentes autores. 

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